sábado, 26 de agosto de 2017

El moñai de la Laguna San Isidro de Santiago Misiones.


            Santiago es una hermosa ciudad. Apacible. Bella. Encantadora. Mágica. La originaria Yvyty Rokai Roke, como toda población jesuítica tiene sus historias, como ésta donde se unen la riqueza del conocimiento guaranítico y el aporte jesuítico que se instala por estos lares desde los albores del siglo XVI.
             Corría el año 1651 cuando los jesuitas fundaron San Ignacio del Caaguazú, una hermosa población cuyos rastros perduran hasta hoy con el nombre de Compañía Caaguazú, al que se accede unos pocos kilómetros de haber transitado la Supercarretera de la Represa Yacyreta que parte de Isla Timbó hasta Y asy Reta, auténtico nombre rebautizado como Ayolas o Yacyreta por los hombres blancos que en aquel tiempo cambiaban cualquier denominación guaranítica por nombre de santos o militares. Lo auténtico es que la “zona de aguas turbias” no impone ningún tipo de discusión por las características propias del innavegable río en algunas zonas que muy bien lo manejaban los auténticos dueños de ese verdel florido regado por la límpida agua que va dejando huellas en su eterno transitar.
             Cuando estaban por cumplirse dos décadas de la instalación, se mudaron más hacia el sur, apostándose en la ruta de la yerba mate, que los jesuitas exportaban utilizando el puerto preciso de San Josemi, en Y asy reta, venciendo los obstáculos propios del bravo Río Paraná. Era el año 1669 y el Padre Manuel Berthod ponía a salvo el poblado, principalmente de quienes pretendían atacarlo en el estratégico sitio donde hasta hoy va creciendo a pasos agigantados la capital de la tradición misionera.
             El arroyo San Isidro, era la fuente de vida de toda la reducción. El sitio servía no sólo para el consumo del vital líquido, sino principalmente para el aseo de los parroquianos, apostado a solo doscientos metros de la Iglesia principal y rodeada según la característica propia de las poblaciones jesuíticas.
             El relato no pudo rescatar el nombre del sacerdote protagonista de la historia. Pero muy bien pudieron ser Mateo Martinez (1698), Alonso del Castillo (1699), Juan B. Jon (1702), Onofre Carpini (1720), Lucas Rodríguez (1742) o Diego Palacios (1762).
             La Reducción estaba sufriendo los rigores del invierno. Y en ese tiempo, eran inviernos puros y duros. El desequilibrio ambiental hacía impensable tener un invierno con más de 30 grados de temperatura, muy habitual en la actualidad. “La puerta de entrada a la colina”, “Yvyty Rokai Roke” sufría los embates de estar cerca del río Paraná y esa “suave brisa” que acaricia el rostro en verano, era un “yvytu po´i” que hacía temblar a más de un desprevenido.
             Lo más tenebroso al final no era aquel crudo invierno, sino la ingrata sorpresa que todos los días amanecían ejemplares vacunos y equinos muertos en las cercanías de la Laguna San Isidro. La primera noche aparecieron dos, la siguiente cinco, la tercera noche diez y así iba paulatinamente creciendo.
             Los nativos no dudaron en acusar al autor del mal: “Moñai” oguahe ha opyta upepe”, decían en coro, con la aprobación de los más ancianos de la tribu.
             Los sacerdotes jesuitas los miraban en principio incrédulos, pero con la sapiencia propia de los pastores de la Iglesia tampoco desmintieron la teoría originaria. “Pe peka hese ko pyhare”, fue la recomendación del sacerdote de la época; vanamente intentando una necesaria tranquilidad, que por creencia en la versión de los indígenas.
             Pero aquella noche iba a volverse realidad la leyenda nativa. Los más valientes se animaron. No ingresaron a sus precarias viviendas a la puesta del sol como habitualmente ocurría en ésta época del año. El Astro Rey ya se había escondido en el poniente, pero allí estaban prestos los que no temían para notar cualquier movimiento extraño en la emblemática laguna. La oscura noche tampoco los amilanó para renunciar a la misión que los comprometía ante si mismos, sus respectivas familias, la originaria sociedad de la época y principalmente frente al sacerdote que aunque pretendía disimular, les transmitía una incredulidad que en el fondo molestaba al relato apasionado de los originarios.
             Y aquella noche llegó. Eran aproximadamente las 20:00 hs. de aquella hasta ese momento silenciosa y apacible jornada nocturna en la Reducción, cuando aun desafiando el frío, la monotonía fue aparatosamente rota por el griterío de una quincena de nativos que uno tras otro se dirigían junto al “Paí” para asegurar que el Moñai se hizo ver en la Laguna.
 La desesperación era tremenda ya que el intruso desde hace unos días se pasaba devorando todos los ganados que osaban en acercarse a beber en el sitio.
 El representante de Cristo, ya confirmando la presencia del Moñai en la Laguna se hizo ver, pidió tranquilidad a los nativos, rezaron una pequeña oración y mientras preparaba su agua bendita comenzó a transitar por el verde pastizal de la plaza central de la Misión, dirigirse hacia el norte donde se encontraba la laguna, encaminarse por la ruta roja y llegar finalmente hasta donde estaba la bestia.
 No se sabe certeramente si el Sacerdote vio o no al animal. Lo cierto y lo concreto es que comenzó a exorcizarlo y según aseguran las versiones que se pudo rescatar, ante la posibilidad que el agua bendita no diera abasto, un cacique ordenó que se traiga mucho más agua desde la Casa Parroquial con lo cual el religioso pudo desparramar por casi toda la laguna con una importante rama por su dimensión con lo que aseguraba su misión pastoral.
 El bicho mitológico entró en desesperación. Vanamente intentó escabullirse de las oraciones, los cánticos y la condena cada vez más fuerte del sacerdote que resonaba a los cuatro costados de la Misión.
 Entonces tuvo que huir despavorido. Buscó la salida más rápida y fue hacia el Ytororó donde dejó su huella que es visible hasta ahora cuatro siglos después. El Moñai, no solo fue vencido por el bien representado por el sacerdote, sino en su huida también ayudó a dar mayor profundidad a uno de los mas hermosos símbolos de la ciudad de Santiago Misiones hasta la fecha.
 La Laguna San Isidro, hasta hoy es un apacible y bonito sitio de la ciudad de Santiago Misiones, que forma parte de su identidad cultural, que alguna vez fue tomada por un Moñai que finalmente tuvo que huir ante el poder del agua bendita de aquel recordado sacerdote que estuvo en los primeros tiempos de la Misión.

El moñai de la Laguna San Isidro de Santiago Misiones.

            Santiago es una hermosa ciudad. Apacible. Bella. Encantadora. Mágica. La originaria Yvyty Rokai Roke, como toda población je...