jueves, 30 de diciembre de 2010

San Ignacio Gloria. 401 años de fundación.

La histórica capital cultural de la patria, San Ignacio Guazú Misiones vivió una noche mágica. La noche estrellada se unió al canto de las cigarras y las aves nocturnas, para que desde la inmensidad del bosque de La Barraca se puedan escuchar las sinfonías de la orquesta de cámara dirigido magistralmente por el maestro italiano.
La oscuridad era vencida por los rayos de luz que provenian "de la nada" para que con el fondo de los cuadros vivientes, la siempre impactante presencia de Las Lloronas, el "Gloria, gloria, gloria" retumbara en la inmensidad de ese paisaje, donde Dios puso la mano para impactar a propios y extraños.
Una vez más, la cuna de pueblos, la sede de la primera experiencia jesuítica en la zona del Río de la Plata, anoche vivió una jornada sin igual, a cuatro siglos y un año de su fundación. "San Ignacio Gloria!!!" resume una noche gigantesca que hemos vivido en el hermoso teatro natural de La Barraca.

jueves, 23 de diciembre de 2010

"Barret: pilar del pensamiento moderno", dijo el ganador del concurso de ensayos.

Creo que Rafael Barrett influyó muchísimo en el desarrollo de un pensamiento independiente en el país”, dice Paulo César López Centurión, el estudiante de Letras, ganador del Concurso de Ensayos sobre Rafael Barrett, organizado por la Secretaría Nacional de Cultura en el año del centenario del fallecimiento del escritor español que desarrolló prácticamente toda su obra en nuestro país, convirtiéndose en una figura clave de la literatura y el periodismo paraguayo.

“Progreso y Antropología, el aporte de León Cadogan”, se titula el trabajo con que López Centurión obtuvo el Primer Premio del Concurso de la SNC, un trabajo que propone “un replanteamiento epistemológico de las ciencias sociales”, según su autor, y que reivindica la figura y el aporte de investigadores sociales, como el mismo Cadogan, al desarrollo de una cosmovisión distinta al imperativo eurocéntrico que retroalimentaba la idea de que todo “lo nuevo y moderno venía de Europa y los centros de civilización”.

“Yo mismo estuve convencido mucho tiempo de que los europeos habían traído la escritura y la civilización”, dice Paulo, quien participó este miércoles del programa “Cultura para vos”, el espacio que la SNC produce en Radio Viva. Paulo argumenta que “autores como Cadogan me mostraron un universo simbólico distinto”.

El trabajo con el que ganó el Concurso de Ensayos de la SNC, plantea precisamente esto, por un lado la inversión de las relaciones entre el investigador y el objeto de estudio, la suerte de deconstrucción planteada por Carlos Castaneda en su obra “Las enseñanzas de don Juan”, donde “el antropólogo, el investigador se convierte en una suerte de neófito, y el objeto de estudio en el maestro que guía el aprendizaje del investigador”.

Paulo López opina que “esto mismo pasó con León Cadogan, aún cuando no hay nada en común entre su obra y la de Castaneda, salvo el contexto en que se refleja este mismo mecanismo con que Cadogan es aceptado en la comunidad indígena, se integra, se convierte digamos, haciendo que su trabajo no sea un trabajo etnográfico simplemente”.

“Barrett y Cadogan trabajaron en disciplinas distintas, pero sus obras se tocan en el grupo social que reivindican ambos. Cadogan hizo una defensa abierta de la causa indígena, denunció la persecución, el asesinato, y todos los atropellos que siguen viviendo los pueblos indígenas en nuestro país, y afuera de nuestras fronteras también. Y lo mismo Barrett, que denunció el atropello, la persecución, el asesinato de obreros y campesinos, una realidad que se prolonga hasta hoy”.

“Ambos retrataron la ideología del progreso tecnológico, la estratificación social como base del desarrollo económico. Las estrategias económicas no pueden ser vistas como soportes para decir que una cultura es inferior o superior a otra; la economía es un sistema racional en tanto sirva a la especie humana para sobrevivir. Nadie niega su importancia, no podemos desconocer la época de la Globalización, pero ello no implica que debamos relegar a los pueblos indígenas, que también tienen sus formas y expresiones de cultura al último nivel de la escala social, cuando son como decía Bartomeu Meliá “poetas de la selva”.

Paulo César López Centurión e Irina Ráfols se adjudicaron el primer y segundo premios del Concurso de Ensayos sobre Rafael Barrett.    

Ambos trabajos, “Progreso y Antropología: el aporte de León Cadogan”, de López Centurión; y “La identidad rebelada”, de Ráfols, fueron ampliamente destacados por el escritor Carlos Villagra Marsal, integrante del jurado junto al también escritor Osvaldo González Real y al antropólogo Guillermo Sequera.   

Cristian David Andino Rojas, Oscar Adolfo Bogado Rolón, Hermes Ramos Dávalos y Lía Beatriz Colombino Chase fueron quienes recibieron menciones especiales por sus escritos.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

En la Madre Patria: España rinden homenaje a Rafael Barret y publican sus obras completas.

Las obras completas del escritor Rafael Barret han sido publicadas por primera vez en España, que recupera, en el centenario de su muerte, a este autor de vida breve y azarosa que, tras huir a América, se convirtió en una figura fundamental de las letras paraguayas.

Aspecto de la presentación realizada en la ciudad española de Santander. Hasta allí se llegó el ministro de Cultura, Ticio Escobar (centro).
Santander. España. Efe.-
“Paraguay tiene a Rafael Barret en el panteón de los grandes escritores”, afirmó hoy el ministro de Cultura del país latinoamericano, Ticio Escolar, durante la presentación en Santander (norte de España) del segundo y último tomo de las obras de este autor, nacido en la localidad de Torrelavega en 1876.
La figura de Barret “hermana” a España y a Paraguay en una “complicidad histórica y cultural especial” dentro de una historia común “sumamente intrincada y enraizada en muchos lazos, en el idioma y los sueños que compartimos”, subrayó Escolar.
Barret, dijo el ministro, es para los paraguayos “un símbolo enorme” de ese vínculo entre su país y España, como lo es también la canaria Josefina Pla, que, junto a él, contribuyó a sentar las bases de la literatura moderna paraguaya.
El escritor español pertenecía a una familia acomodada y frecuentó en su juventud los círculos literarios e intelectuales del Madrid de comienzos del XX, pero su carácter rebelde le llevó a enfrentarse con la buena sociedad a la que pertenecía.
Tras participar en varios duelos y apalear a un miembro de un tribunal del honor, decidió huir a América.
A Paraguay llegó como periodista en 1904 desde Buenos Aires para cubrir una de “las muchas revueltas” que siguieron a la guerra que le enfrentó con Argentina, Brasil y Uruguay y, según ha recordado Ticio Escolar, encontró “la nada”, un país que acababa de perder a tres cuartas partes de su población.
Considerado como un maestro por Augusto Roa Bastos, Barret fue, según el ministro, un autor comprometido que “se entregó con fuerza a la causa de los desposeídos” y denunció su sufrimiento pero sin caer en el panfleto, porque ese compromiso, indicó, iba acompañado por “un cuidado extremado del lenguaje y de la palabra”.
Su obra fue redescubierta y utilizada como “estandarte” en los años cuarenta por aquellos escritores paraguayos que buscaban una literatura en la que la denuncia no se convirtiese “en una cuestión panfletaria”, apuntó el ministro.
El centenario de su muerte ha hecho de Barret uno de los grandes protagonistas del año en la cultura paraguaya y también ha motivado la publicación en España de sus obras completas, fundamentalmente artículos y poemas, en una edición dirigida por el especialista Francisco Corral y publicadas bajo el sello de la editorial Tantín.
Las obras de Rafael Barret fueron publicadas en periódicos y revistas y su autor solo vio editado en vida uno de sus libros, una recopilación de artículos.
Cuando murió a los 34 años, enfermo de tuberculosis en Francia, a donde viajó para recibir tratamiento, aún estaba en imprenta el segundo, “El dolor paraguayo”. EFE

lunes, 20 de diciembre de 2010

Concurso Nacional de Ensayos sobre Rafael Barret.

Barrett, en buenas manos


Paulo López
Nuestro compañero de tareas del área de Corrección, Paulo López, ganó el primer concurso de ensayos Rafael Barrett, instituido por la Secretaría Nacional de Cultura (SNC), al cumplirse 100 años del fallecimiento del escritor anarquista español que describió un cuadro de injusticias en el país, denunciando, entre otras formas de explotación, la esclavitud en los yerbales.

López fue merecedor del primer premio con un ensayo en el que revisa el pensamiento colonial en una obra que se sostiene en la experiencia de León Cadogan, este antropólogo que vivió y recogió la experiencia de vida de los mbya.

El presidente del jurado, Carlos Villagra Marsal, dijo de la obra premiada que  tiene gran claridad conceptual y rigor científico. Así también, definió el segundo premio, que recayó en la literata Irina Ráfols, y también destacó el trabajo de los tres ensayos que ganaron menciones especiales.

El conjunto de las obras premiadas será editado en abril por la Secretaría Nacional de Cultura. En dicho mes también premiarán a los ganadores del primer concurso. Durante la apertura de los sobres, Ana Melo, de la SNC, manifestó el deseo del organismo estatal de mantener este premio de forma anual. Paulo, de 27 años, sorprendido por el premio, dijo que este era un tiempo de revisiones del pensamiento colonialista.
20 de Diciembre de 2010 00:00

domingo, 19 de diciembre de 2010

Suplemento Cultural ABC Color Edición de hoy.

EL 17 DE DICIEMBRE SE CUMPLEN 100 AÑOS DE SU MUERTE

Rafael Barrett, anarquista y revolucionario

Muy poco se ha escrito, no sabemos por qué, sobre Rafael Barrett, y también su obra no se ha difundido como debiera, a pesar de ser en su momento una de las plumas más lúcidas de América, especialmente del Paraguay y de la Argentina. Sin embargo, de un tiempo a esta parte han empezado a publicarse algunos libros solitarios, de pocas páginas, en donde reseñan su vida y rescatan parte de su prolífica escritura.
 
ABC Digital
Una escritura, dicho sea de paso, de una brillantez y un estilo revolucionario que despertaron la curiosidad y admiración de muchos intelectuales, entre ellos el de Borges, nada menos. Hubo otros no menos importantes, pero como dice el refrán popular: para muestra basta un botón. Desde luego, en la época de la actividad literaria de Barrett, Borges estaba en pleno desarrollo de su carrera, y el español era ya un monstruo del periodismo y de la literatura.   

¿Quién es Rafael Barrett? ¿Quiénes fueron sus padres? ¿En dónde había nacido? ¿Se conocen a sus mentores literarios? Trataremos de responder, en la medida de nuestras posibilidades, a estas importantes preguntas. Aunque parezca repetitivo, es bueno conocer —para los que no conocen y para los que conocen también—, recordar, releer sus obras, descubrir la huella de su paso por el Río de la Plata, Buenos Aires y el Uruguay, y, en especial, el Paraguay donde caló muy hondo en su espíritu y en su pluma el carácter y el sufrimiento del pueblo paraguayo; de sus mujeres y sus hombres. De estos seres nobles y generosos, pero asimismo —cuando suena la injusticia y el atropello— bravos como leones por defender sus derechos.   

Rafael Barrett Ángel y Álvarez de Toledo, hijo de doña María del Carmen Álvarez de Toledo y Toraño, parienta directa del Duque de Alba, y de George Barrett Clarke, inglés, caballero de la Corona de Inglaterra, nació en un peñón del mar Cantábrico, en Torrelavega (Comunidad Autónoma de Cantabria) bajo el protectorado de Santander, España. Don George consiguió llevar allí a su esposa, pues así lo aconsejaron los médicos, rodeándole de todas las atenciones que exigía su delicado estado de salud. Nació Rafael y lo bautizaron bajo la bandera inglesa, rigiendo la ley de la herencia para la nacionalidad. Tenía dos patrias. Pero él eligió la española. Mejor dicho, la paraguaya. La doble nacionalidad, la británica y la española, singularidad que le salvará la vida en alguna ocasión. El estudioso Paulo López lo valoriza del modo siguiente: “Él es ante todo un sudamericano. La fuerte impresión que sobre él ejerció el ‘dolor paraguayo’, y la consecuente plena adhesión a la causa de los trabajadores, vendrían a transformar las bases intelectuales de su pensamiento político-social. Llegar a estas zonas lo convirtió completamente, y es por ello que los apartados más importantes de su producción ensayística se desarrollan sobre, y en función a la cuestión social latinoamericana. Es a partir de esta época en la que sus textos adquieren un carácter decididamente anarco-obrerista”.   

Creadores fulminantes  
Rafael Barrett ha vivido en unos pocos años todo un ciclo de experiencia, tan duro como la realidad social paraguaya, la enfermedad, el exilio, la pobreza extrema, más enfermedad, el desprecio de los suyos por tuberculoso y pobre, y al fin, cuando atisba poco más que la pequeña luz de vivir sin otra angustia que la propia, abandonando ya la necesidad, ve cómo le llega la muerte. No hay sorpresas en ese calvario creativo que son los últimos meses de su vida.   

La vida de este combativo español dio un vuelco un día de abril del año 1902, cuando tenía veintiséis años. Por primera vez aparece en los periódicos y no precisamente para bien. Un escándalo. Él es protagonista de un escándalo en una sociedad donde llamar la atención es un riesgo que se puede pagar caro.   

Al respecto de este episodio, Gregorio Morán, periodista y escritor español, con obra literaria muy sólida en el ensayo, célebre por sus “Sabatinas intempestivas” que semanalmente aparecen en La Vanguardia, da su punto de vista con este párrafo: “Su aparición estelar lo hace, nada menos que en un circo, el madrileño Circo Parish, la vida de Barrett puede ser más o menos historiada, sin mucho detalle, es cierto, pero al menos se la sigue y hasta se entiende, por muchas sombras que aún haya en ella. Sin embargo, lo que un hombre puede ser hasta los veintiséis años, es decir, todo; de eso, no sabemos apenas nada. A los veintisiete años se había matado Larra. El siglo XIX fue pródigo en creadores fulminantes, como estrellas fugaces; nacer, deslumbrar y morir. Y en ocasiones no esperar a deslumbrar para morir, porque el trance llegaba antes que la gloria; cuando sobrevenía la fama el artista llevaba ya tiempo dando ortigas. Ahí está abriendo el siglo literario George Buchner, que después de hacer su Woycek y su Danton, muere con veintitrés años”.   

Lo poco que sabemos de Rafael Barrett hasta 1902 nace de la impresión retrospectiva de una tarde de abril, en la que un joven alto, apuesto, barbado, con toda probabilidad impecablemente vestido, llevando en la mano no bastón al uso, sino fusta de caballo, preguntaba al acomodador del Circo Parish cuál era el palco del duque de Arión. Luego se dirigía allí, y en plena función, como si el circo en aquel instante cambiara de escenario y se trasladara al palco del tal duque, le cruzara la cara de varios fustazos y al punto enmudeciera, consciente de que desde aquel momento ya todo sería diferente para él.   

La Revista Contemporánea  
Hace unos años la profesora brasileña Alaiz García Diniz encontró un par de artículos firmados por Rafael Barrett, de carácter científico, en la Revista Contemporánea de Madrid. Uno, titulado “El postulado de Euclides” (1897), y otro, al año siguiente, “Sobre el espesor y la rigidez de la corteza terrestre”. Luego la vida. Se sabe que frecuentaba la sociedad galante y la bohemia bien asentada del Madrid finisecular; nada de hambrunas ni miserias. Bien vestido y viajado, conocedor de los casinos de Francia y duelista habitual en pleitos de honor, de los que sabemos que Ramón María del Valle-Inclán y el periodista Manuel Bueno ejercieron en ocasiones de testigos. Ramiro de Maeztu, que se jactó de conocerle bien, lo describe a título póstumo con un tono pretendidamente amable, no exento de esa superioridad que otorga el situado al aspirante: “…hacia 1900 cayó por Madrid un joven de porte y belleza inolvidables. Era un muchacho más bien demasiado alto, con ojos claros, grandes y rasgados; cara oval, rosada y suave, como una mujer, salvo el bigote; amplia frente, pelo castaño claro, con un mechón caído a un lado. Un poquito más ancho de pecho y habría podido servir de modelo para un Apolo del romanticismo. Debió haberse traído de la provincia algunos miles de duros, porque vivió una temporada la vida del joven aristócrata, más dado a la ostentación y a la buena compañía que al mundo del placer. Se le veía en el Real y en la Filarmónica, pero no en el Fornos ni en el Japonés. Vestía con refinamiento, y las mujeres le admiraban a distancia…”.  

Hombre con cierta fortuna que, al decir de Maeztu, dilapidó de buenas maneras. Debía de tener una experiencia, y posiblemente un problema, con el juego. Lo delata uno de sus artículos, publicado en abril de 1905, y titulado exactamente así, “El juego”, donde escribe con implacable sinceridad, difícil sin un preciso conocimiento de causa: “Delante de los cuarenta naipes la razón enmudece. Ni el alcohol ni la lujuria destruyen al hombre… El azar desnudo, reducido a sí mismo, mata el alma”. Parece obvio que el autor ha vivido con intensidad la pasión del juego, ese enmudecimiento de la razón que alcanza hasta precisar que destruye al hombre, que mata el alma, para acabar dejando sentado lo que tiene de diabólica esa hermosa expresión, “el azar desnudo”.   

Copiemos de nuevo un párrafo del periodista y escritor español Gregorio Morán donde aclara las partes oscuras de los pasos de Barrett por América: “América le ofrece a todo el que quiera una oportunidad para morirse o para resucitar. La América hispana recoge entonces la inmigración económica europea y muy en concreto la española. Pero además si América es la tierra de oportunidades, la Argentina las ofrece en mayor medida que ningún otro país. Buenos Aires es la capital más europea del continente americano, sin excepción, y compite incluso con Nueva York. Tiene un censo que ronda el millón de habitantes, cuando Madrid y Barcelona apenas sobrepasan el medio millón. La emigración de Europa se deja caer en la Argentina como en ningún otro lugar, a comienzos del siglo XX.   

“Pero además a Buenos Aires llega un español que se apellidad Barrett y Álvarez de Toledo. Tiene doble nacionalidad, por tanto es un ciudadano británico y los ingleses cuentan en América del Sur, y en la Argentina especialmente, incluso como paradigma al que acercarse e imitar. Pero también están los Álvarez de Toledo, bien asentados en la economía y en la política del país. En la escasa correspondencia que se ha publicado de Barrett se cita a un Fernando Álvarez de Toledo, residente en la Argentina, con el que tendrá trato frecuente en los años posteriores a su huida americana, y a “otro primo”, de familia de prosapia en la Cataluña española, Mollet, de nombre Eduardo. Los Álvarez de Toledo alcanzarán importantes cargos y regalías en la Argentina social y política del siglo XX recién iniciado. Y por contraste y atracción está el anarquismo más potente quizá del mundo, al que Barrett no debía ser ajeno en el magma ideológico de la España de comienzos de siglo. No importa demasiado si estaba al tanto o no de la eclosión anarquista porteña, lo cierto es que va hacia ella”.

La convulsionada realidad de nuestra América  
En el prólogo de El dolor paraguayo, editado por la editorial Ayacucho, Augusto Roa Bastos hace esta aclaratoria sobre Rafael Barrett: “Reflexionar y escribir sobre Rafael Barrett, sobre la enorme y profunda experiencia que representó —y representa— el conjunto de su vida y de su obra en el proceso cultural de un pueblo material y espiritualmente devastado como el Paraguay por vicisitudes históricas, es hoy una tarea al par que difícil cada vez más urgente y necesaria. Dar a conocer sus textos, difundirlos, es no solamente una tarea de rescate de una de las obras más lúcidas e incitadoras que se escribieron en el Paraguay —y que quedó prácticamente desconocida por las nuevas generaciones—; es también contribuir a replantear, desde un punto de partida insoslayable, los problemas sociales y culturales de base que afronta esta colectividad y, por extensión, los del sector de la cuenca del Plata, uno de los sectores más conflictivos en la convulsionada realidad de nuestra América.   

“Rafael Barrett fue un precursor en todos los sentidos. Su extraña a la vez que transparente vida, malograda prematuramente en la plenitud de sus mejores potencias, luego de la también extraña y fulminante ‘conversión’ del dandy europeo al predicador del pensamiento libertario y de las modernas ideas de liberación, en el seno de una sociedad esclavizada social y políticamente, la tornan paradigmática en un contexto lleno de fracturas, asincronías y fallas de todo orden como consecuencia de la dominación y de la dependencia, causas de nuestro atraso y subdesarrollo. Su camino de Damasco fue éste: su contacto con América y con el Paraguay, en particular.   

Rafael Barrett fue un precursor, no sólo en el sentido del que precede y va delante de sus contemporáneos, sino también en el del que profesa y enseña ideas y doctrinas que se adelantan a su tiempo”.  
   
A la llegada de Barrett a Buenos Aires, a finales de 1903, el anarquismo está en plena efervescencia y eso será importante para él y sobre todo para su influencia. Rafael Barrett va a ser más valioso para los anarquistas argentinos —o rioplatenses, para entendernos— que el anarquismo para Barrett. Porque ese anarquismo argentino formado en el aluvión de procedencias; italianos, rusos —¡adónde iban a ir los revolucionarios fracasados de 1905!—, alemanes, polacos, judíos en gran parte; restos de los castigos del hambre, del poder y de los pogromos. Carecían de figuras con notoriedad intelectual o cultural; eran militantes y sindicalistas. La cultura anarquista argentina es humilde y sin comparación con su vasta fuerza militante, en ocasiones asombrosa. No sé si el ejemplo es conmovedor o patético, pero causa perplejidad que Severino di Giovanni, el más famoso de los “anarquistas expoliadores”—atracadores— tuviera como principal incentivo para sus asaltos el de proveerse de fondos para publicar ¡las obras completas de Eliseo Reclus, geógrafo y pensador!  

Por esos y otros motivos, lo cierto es que esa confluencia de desheredados de la tierra en la Argentina coincidirá con la llegada de Rafael Barrett a Buenos Aires. No es extraño, pues, que a ello dedique uno de sus primeros artículos en la prensa porteña. Será sobre la ley de Residencia y las trabas que el Estado argentino y sus dirigentes van a imponer para frenar la corriente migratoria. Lleva la fecha del 26 de julio de 1904 y en él está descrita, ya con un acento cada vez más propio, la realidad con la que se ha encontrado: “El obrero latino apenas alimentado en su patria da a su acción social el halo trágico de la furiosa resistencia a la muerte; pero desembarca en la Argentina y come carne”.  
   
Los intelectuales rebeldes  
En “A manera de prólogo”, de sus obras completas, Montevideo, 1988, Francisca López Maíz de Barrett —casi puramente anecdótico—dice: “…hastiado de la vida de señorito que había llevado hasta entonces, vino con el Dr. Bermejo a Buenos Aires, en 1904, cuando estalló la revolución de los liberales contra los colorados en el Paraguay —que ya mandaban hacía 30 años—. El Dr. Vega Belgrano le ofreció a Rafael la corresponsalía de su diario ‘El Tiempo’ en Asunción, que aceptó ‘por ver si encuentro la bala que me mate’. Vino al Paraguay, y después de recorrer la capital sin ver a las damas de la sociedad que salían a la calle en camisa —como se lo habían dicho en Buenos Aires—, se presentó en el campo revolucionario al jefe —general Benigno Ferreira—, que lo recibió muy bien, haciendo amistad con los intelectuales rebeldes: Gondra, Guggiari y otros. En Villeta se plegó a la lucha armada como jefe de ingenieros. Triunfante el movimiento, Rafael quedó en Asunción, donde pronto se hizo estimar por la sociedad paraguaya, que lo eligió secretario general del Centro Español, el de más significación de los ‘altos círculos’. En ese club lo conocí”.  

La explicación que da José Concepción Ortiz a la venida de Barrett al Paraguay no puede ser más expresiva: “…Cuando Barrett llegó a la Asunción, conducido por el azar, guía de los infortunados, la ‘patriada’ del 1904 epilogaba con una parodia política en que si algo se pactó fue, seguramente, no considerar redimido al país hasta reventarlo. El aquel ambiente de vía crucis grotesco, Barrett, yendo a Villeta y volviendo a entrar con los redentores indígenas, se nos figura un Cristo adviniendo entre bandidos. ¡El rapsoda del ‘dolor paraguayo’ en un campamento! Es verdad que hay una parte del mundo donde no se conocen más que dos maneras de vivir: matando o dejándose matar. Pero no hablemos, bajo el pretexto de Barrett, de nosotros.   

“En los primeros tiempos de su estada en el Paraguay, vive en una casa de huéspedes (después vivió como pudo), observa y calla. Callaba todavía. Aún no había surgido en él aquel combatiente intelectual que había de perdurar en su obra de escritor apostólico. En el año 1905 reanuda aquí su labor en la prensa, iniciada en Buenos Aires, y colabora en ‘Los Sucesos’ y ‘La Tarde’, publicando sus primeros artículos en este primero de los periódicos citados el 21 de octubre y el 18 de noviembre de aquel año. Nacía el glosador inconfundible, próximo a definirse. En efecto: esos primeros trabajos anunciaban ya al Barrett definitivo, el que nos quiso, nos honró y castigó con su gran amor y su gran talento; el mismo, en fin, a quien buscamos ahora, porque es nuestro y somos de él, como de nadie”.

Radium espiritual  
Casi toda su obra fue producida como artículos, notas, comentarios y alguno que otro ensayo, alguna que otra conferencia para la prensa periódica o para auditorios no siempre dispuestos a calar, a recibir con entusiasmo fértil estos mensajes. Sin embargo, esta obra tiene la consistencia y coherencia de un corpus que un pensamiento poderoso hubiese forjado a lo largo de una extensa vida. De esta obra, de estas crónicas, dijo Vaz Ferreira: “Son de las más hermosas y puras y ardientes condensaciones de pensamiento y sentimiento de hombre: como radium espiritual”.   

Augusto Roa Bastos, el gran novelista paraguayo reconocido universalmente reconocido, dice: “Su faena —con palabras de Martí— fue ‘arte de fragua y de caverna, que se riega con sangre y hace una víctima de cada triunfador’. Alumbró en las tinieblas de una noche demasiado larga la memoria o el presentimiento no demasiado utópico, en el que el sol de todos los días alumbrara por fin para todos esa pobre, esa inerme, esa inextinguible posesión de la dignidad humana cuya plenitud no adviene más que cuando se la comparte en la comunión y en la solidaridad”.  

Y agrega: “Por mi parte, debo confesar, con gratitud y con orgullosa modestia, que la presencia de Rafael Barrett recorre como un trémolo mi obra narrativa, el repertorio central de sus temas y problemas, la inmersión en esa ‘realidad que delira’ que forma el contexto de la sociedad paraguaya y, sobre todo, una enseñanza fundamental: la instauración del mito y de las formas simbólicas como representación de la fuerza social; la función y asunción del mito como la forma más significativa de la realidad.   

“En muchos de mis cuentos, en mi novela Hijo de Hombre, en particular —cuyo núcleo temático es la crucifixión del hombre por el hombre y también el hecho de que el hombre más que hijo de Dios es el hijo de sus obras—, está presente el ejemplo del ‘rapsoda del dolor paraguayo’; están presentes la dignidad de su vida y de su muerte, los símbolos y los mitos que Barrett excavó en la cantera viviente de una colectividad, en su trans historia, la forma en que él supo revelar una realidad llena de enigmas y secretos”.  

Citamos de nuevo al periodista y escritor Gregorio Morán, que dice casi al final de su libro Asombro y búsqueda de Rafael Barrett: “Morirá el 17 de diciembre, cuando terminaba ese año agridulce de su vida que fue 1910, el de las grandes y únicas satisfacciones, y el de las inequívocas frustraciones. Murió en la cama del Hotel Regina de Arcachon, acompañado por una sola persona, el amable fantasma de la tía Susie. Falleció a las cuatro de la tarde, frente a su mar , el Cantábrico, el de su infancia.   

“Ese mismo día en Asunción, Paraguay, los lectores de El Diario podían acercarse a la segunda entrega de sus ’Cartas de un viajero’. Para conocer bien una época, hay que aguardar a que el tiempo haya destruido casi todos los vestigios. No se puede afirmar nada con exactitud si se sabe mucho. Una prudente escasez informática es madre de la certidumbre”. Quizá se tratara de una buena sugerencia para la historia en general, pero una paradoja maldita cuando se refiere a un hombre. Porque ése es el caso de Rafael Barrett.

 Armando Almada-Roche   
armandoalmadaroche@yahoo.com.ar
(Desde Buenos Aires, especial para ABC Color)

sábado, 18 de diciembre de 2010

“Así vivió Rafael Barrett en Yabebyry”. (Ensayo). Por Camilo Cantero.


“Así vivió Rafael Barrett en Yabebyry”.
Por Camilo Javier Cantero C.
2010.

PRESENTACIÓN.

            La historia de nuestra patria se encuentra signada por momentos de gloria y desaciertos. La República fue pasando etapas para finalmente desencadenar en éste proceso histórico actual. El odio y rencor en innumerables ocasiones fueron propiciados por los detentores circunstanciales del poder en perjuicio de hombres ilustres, quienes con su prolífica tarea se ganaron el respeto de propios y extraños.
            Uno de ellos fue Rafael Barret. El Maestro. Aquel español venido a nuestra patria por circunstancias hoy conocidas, pero que finalmente desencadenaron en que su paso por nuestro territorio no haya pasado desapercibido y sanamente nos intime a las generaciones actuales, a rescatar su legado, para - como lo dijera Augusto Roa Bastos-, contribuir desde un punto de vista insoslayable los problemas sociales y culturales de base que afronta ésta colectividad y por extensión, los del sector de la cuenca del Plata.
            El presente ensayo se centra principalmente al sitio histórico que él eligió para ingresar subrepticia y clandestinamente a nuestro país, de manera a proseguir su lucha, combatiendo ya en ese momento de su vida, la enfermedad que lo aquejaba y las injusticias sociales que a través de sus escritos desnudaba.
            Nos abocamos de la vivencia de Rafael Barret en Yabebyry Misiones. En Laguna Porä. , nombre toponímico con el cual se conoce toda la zona y que inspiró a su concuñado el Dr. Alejandro Audivert para denominar con el mismo nombre la Estancia de su propiedad. En ese sitio, donde aún hoy el verdor de la naturaleza se confunde con el sudor de los hombres de campo, en ese mismo lugar, abandonado a su suerte, se ocultó “El Maestro” desde marzo de 1909 hasta febrero de 1910. Es el sitio donde a pesar de las circunstancias pudo coronar su más prolífica obra intelectual. Donde se reencontró con su esposa Francisca López Maíz y su hijo Alex, para luego de un año trasladarse hasta San Bernardino. El lugar que la tradición oral dejó marcada con una incuestionable denominación: “Barret Kué”.
            Su vivencia en la población rural, su creación literaria y el legado histórico que nos otorgó a través de su brillante pluma, en una zona donde gran parte de lo “que ha visto Barret” aún permanece intacta, como si el tiempo se hubiese detenido en aquel lejano paraje del sur de Paraguay, regado por las aguas del Río Paraná y donde aún, -a pesar de la cacería del hombre- a la noche se pueden oír el rugir de los animales salvajes, que desde la inmensidad de la selva se unen al canto de la resistencia de la naturaleza a los constantes atropellos que sufre.
            Su paso por Yabebyry fue un soplo de aliento para su lucha contra su enfermedad. Fue un oasis en medio del ostracismo que templó su espíritu crítico basado en la cuestión social. El lugar del reencuentro íntimo, de la luz de esperanza representado por el pequeño Alex y donde se expresó su voluntad de enterrado a la vera de la planta de un naranjo, que hasta la fecha se mantiene incólume a pesar de los matorrales que lo rodea y del abandono del específico lugar donde reposaba el escritor.
            Laguna Porä, más que un paso en su vida, es el sitio donde volvió a nacer. Por donde reingresó a la patria que adoptó como suya. Paraje desolado, aislado, inhóspito y desconocido para muchos, aún hoy a pesar de todos los avances, sigue manteniéndose casi en forma igual al de hace un siglo atrás y que debe ser reivindicado por ésta generación al cumplirse un siglo de la partida del Gran Rafael Barret.

                                               CONTENIDO:
            La presencia de Rafael Barret en Yabebyry es un pasaje de su historia de vida que debemos reivindicar. No solo como componente de la sociedad misionera y como un grito contra el aislamiento, la soledad y el marginamiento que hasta hoy sufre esa zona geográfica de nuestra patria, sino por el significado emotivo que nos proyecta la valiente decisión del Maestro, quien decide volver a la patria donde se encontraba su esposa e hijo, ingresar clandestinamente y volver a enarbolar su bandera de lucha con el espíritu combativo que lo caracterizaba.
            Pero ¿cómo habrá llegado Barret hasta ese lejano paraje conocido como Laguna Porä en una Estancia del mismo nombre hasta donde incluso en la actualidad el acceso se hace difícil?
            En el presente ensayo, vamos acercarnos a este capítulo de su vida, respaldado por datos proporcionados por sus innumerables estudiosos, testimonios orales, documentos de instituciones de Yabebyry como Actas del Juzgado de Paz, la única fotografía en blanco y negro al que pudimos acceder y por el contorno responden a las características del lugar, como tantos otros elementos que cooperan para llegar a una conclusión congruente y coherente con nuestro planteamiento.
            Rafael Barret estuvo por esos lares entre el 9 de marzo de 1909 hasta el 21 de febrero de 1910. El sitio hoy la tradición oral lo inmortaliza como “Barret Cue”.
            Pero Laguna Porä era un lugar conocido previamente por Rafael Barret. Ello se desprende de la obra biográfica del Maestro, realizado por Vladimiro Muñoz, quien en la página 32 de su libro “Barret” aporta datos, acerca de la ubicación del sitio y el paso por el lugar del escritor con su amada, dos años antes de ingresar por dicha zona en forma clandestina.
            Laguna Porä no solamente se llama la estancia, sino toda la población rural que además aglutina otros establecimientos y está ubicado exactamente a 15 kms. de la compañía Panchito López ex Guardia Cue donde funciona el puerto por donde ingresara Barret. Se encuentra al este del casco urbano de Yabebyry, del cual dependen geográficamente y de cuyo centro urbano se halla ubicada 14 kms. al oeste, específicamente al lado derecho del camino de tierra que une Yabebyry Misiones con Laureles Ñeembucú.
            La Estancia Laguna Porä era de propiedad del Dr. Alejandro Audivert (1859 – 1969) concuñado de Barret, ya que estaba casado con Angelina López Maíz, hermana mayor de Francisca López Maíz, esposa de Barret y ambas sobrinas del Padre Fidel Maíz. Según el testimonio del Prof. Ignacio Brizuela, ex Juez de Paz de Yabebyry y sobrino de Angel Brizuela a quien se refiere Barret en uno de sus escritos, el lugar donde vivía el Maestro, quedó en la tradición oral con la denominación de “Barret Cue”.
            En el invierno de 1907, Barret, Panchita y el hijo de ambos Alejandro Rafael Barret López, “Alex” se fueron a conocer la Estancia Laguna Porä del tío de la criatura. El Maestro describía el acontecimiento diciendo: “sobre el césped estábamos sentados, a la sombra de dos altos laureles. De tiempo en tiempo, una leve bocanada de aire cálido se obstinaba en desprender el suave mechón rubio que tus dedos impacientes habían contenido. Nuestro primogénito jugaba a nuestros píes, incapaz de enderezar sobre los cuyos, carnecita redonda, sonrosada y tierna, pedazo de tu carne. ¡Oh, tus gritos de espanto cuando veías entre tus dientecitos el pétalo de alguna flor misteriosa!.
            El lugar es paradisiaco. La naturaleza que rodea el sitio, hasta donde nos fuimos y descubrimos la ubicación exacta donde según la tradición oral que perduró al paso del tiempo, se encontraba la antigua casa que cobijó al maestro, orienta un verdor excepcional. Ya Barret, se encargará describir su experiencia al escuchar la sinfonía que provenía del sonido de los animales, el verde follaje de las plantas, las aves y animales salvajes que merodeaban su vivienda, cargando de enigma, misticismo y magia aquel escenario que la Reina Natura brinda.
            El Maestro no ocultó su admiración por el lugar, cuando escribe a Panchita: “Este sitio está preñado de recuerdos tuyos. Aquí hemos sufrido y nos hemos amado. Tu corazón ha mirado estas aves cruzar el cielo; tus pies han pisado esta hierba, te escribo junto a la ventana donde venía la “cuca” (una gata) a llamar para que le abriéramos de madrugada”.
            “Barret Cue” tiene su encanto desde la mañana. Los viejos árboles bajo cuya sombra se cobijara el cuerpo humano del hombre se mantienen incólumes como una resistencia viva al paso del tiempo y a la desidia de quienes afirman rescatar la histórica figura del Maestro. El mismo que admirando el despertar el alba desde el horizonte esteño afirmara en uno de sus tantos escritos en el lugar:
            “Amanece!!!. Un suspiro de luz tiembla en el horizonte. Palidecen las estrellas resignadas. Las alas de los pájaros dormidos se estremecen y las castas flores abren su corazón perfumado, preparándose para su existencia de un día. La tierra sale poco a poco de las sombras del sueño”.
            Y como si la magia rodeara el lugar, ya sea a la puesta, como también a la entrada del sol, Barret se movilizaba con el mejor medio de transporte individual de aquel tiempo y hasta la fecha en aquellos parajes: a caballo. Al describir el ocaso del día, escribía: “Cuántas tardes dejando a mi caballo llevarme a su gusto por las soledades del campo, he saciado mis ojos en la inmensa llanura ondulada y en su río – mar donde se estremecían, hechos diamantes, ópalos y rubíes, los fantásticos tonos de un sublime ocaso”.
            El Maestro vivía “una vida al aire libre y a libre luz, en contacto íntimo y constante con una naturaleza grandiosa y delicada a la vez, que perfecciona los sentidos, robustece y aguza la memoria visual y ennoblece el alma. La cálida benignidad del clima suaviza las costumbres hacia horizontes de ensueño”.
            Es por ello que el presente ensayo es una reivindicación, no solo al Maestro, que desde ya no lo precisa, sino al sitio histórico que él mismo eligió para reingresar a la patria. La misma patria de cuyas entrañas nació su hijo Alex, la misma patria donde descubrió su vocación solidaria con las clases desprotegidas de la época, la misma patria donde él impulsó la literatura de alto contenido social.
            “Barret Cue” no es un sitio más dentro de los confines de la República. No es un lugar que debe quedar en el olvido. Ese error no podemos cometer en perjuicio de nuestra cultura y esencia como paraguayos. Porque fue el lugar escogido por El Maestro. Fue el lugar donde él pudo vencer por mucho tiempo los achaques de su enfermedad. Fue el sitio donde volvió a renacer para aportar mucho más que frías letras para toda una generación de compatriotas.
            Es decir, que en Yabebyry, en Laguna Porä, Rafael Barret se encontró consigo mismo. Se encontró con “el hombre”. Ello, lo reconoce cuando señala “Aislado, el hombre se vuelve hombre verdaderamente. Ante la paz de los campos y el silencio puro de las noches, cae de nuestros rostros crispados la mueca ciudadana”.
                                   LA VUELTA A LA PATRIA.
            Para volver a su patria recomendado por médicos montevideanos, Barret se embarcó el 28 de febrero de 1909 en el buque de vapor Guaraní. Llegó a Buenos Aires el 1 de marzo. De ahí vino a Corrientes donde se encontró con su cuñado José López Maíz y a la esposa de éste Adela. El primero le propone pasar una temporada en la Estancia Laguna Porä de Yabebyry Misiones, ingresando por Ita Ybate, llegando a la entonces Guardia Cue hoy Panchito López, para finalmente arribar a la Estancia Laguna Porä ubicado exactamente a 15 kms. del lugar.
            El 9 de marzo de 1909 Rafael Barret pisaba nuevamente territorio paraguayo. Cruzó desde Itá Ybate Corrientes Argentina a Guardia Cue hoy Panchito López en canoas que en aquel tiempo remaban seis personas y que hoy es propulsada a motor. Desafiando el Paraná ingresan en un brazo del Arroyo Yabebyry, previo paso por el Paranami. El sistema de traslado de personas sigue de la misma manera hasta la actualidad. Miles de compatriotas cruzan el país o vuelven a ella, los denominados por los lugareños como “días de paso”: los lunes, miércoles y viernes.
            “Heme pues de incógnito en ésta tierra paraguaya que tanto amo”, exclamó.
            No habrá tardado para llegar a la Estancia Laguna Porä. A caballo el trayecto se hace en una hora, a pie unas tres a cuatro. Barret decía: “Al venir de Guardia Cue ¡que hermosura!. Había dejado de llover, la naturaleza me ofreció su magnífica bienvenida en el esplendor de las aguas y de la selva. Al llegar a la Estancia se reencontró con su cuñado José López Maíz, a la vez Jefe Político de Yabebyry Misiones en aquel tiempo.
            Sobre su cuñado, el Maestro lo califica de “hermano. Somos dos viudos que se leen las cartas para consolarse. Cuando los deberes de su cargo le alejan de la estancia por dos o tres días, que triste y sólo en medio de ésta inmensidad”.
            La nueva etapa de su vida, lo motivaba a describir el contorno. Habla de gallinas, cambapopé, teyú guasu, cazadores de moscas, pájaros, cuadrúpedos salvajes y domésticos, el picaflor divino que viene, suspendido en su vuelvo frenético, a desflorar las madreselvas y a alegrar mi espíritu”.
            Miguel Angel Fernández, en la obra Rafael Barret. Germinal. Antología, afirma: “Fiel a su vocación y a sus convicciones libertarias, después de tres meses y medio en Montevideo decide volver al Paraguay a vivir confinado en una estancia de Yabebyry, inmerso en la naturaleza y la realidad campesina. Barrett, que, a raíz de su destierro, había sido invitado a hablar del Paraguay, y que se negó porque no quería «contribuir al descrédito de un país que tanto amo», y porque «los trapos sucios se lavan en casa», como le decía en una carta a Hérib Campos Cervera. Barrett, desde su confinamiento, levantará su voz para defenderlo cuando es ofendido gratuitamente desde un periódico de Corrientes (Argentina).
** Al cabo de un año se le permite radicarse en San Bernardino, a cincuenta y tantos kilómetros de Asunción. Desde allí colabora en El Nacional, un diario fundado ese mismo año de 1910. Y en sus páginas publica una nueva denuncia de las condiciones de vida en el campo bajo el título de «Lo que he visto», luego incorporado a El dolor paraguayo. En esta ocasión le salió al paso el doctor Manuel Domínguez, bajo el seudónimo de Juvenal, en un artículo titulado «Lo que Barrett no ha visto», donde afirmaba, poco más o menos, que Barrett veía la realidad con ojos de enfermo. Este contestó, dolido y exasperado, con un desgarrador «No mintáis».
            La primera carta que Barret envío a Panchita desde Laguna Porä data del 9 de marzo de 1909 decía: “Mi dulce señora: estoy en la estancia, pero es un secreto que me debes guardar. Para los demás estoy en el campo, en la Argentina, cerca de Itá Ybate provincia de Corrientes, Caa Cati o un punto por el estilo”.
            Describiendo su vida y contando a su esposa Francisca López Maíz en otra siguiente carta que data del 30 de marzo del mismo año, afirmaba que era “metódica, me levanto pronto, tomo cuatro vasos de leche recién ordeñada, como galleta o queso. Me tiendo en uno de los grandes sillones negros, leo o escribo perezosamente (un artículo para “La Razón” me ha llevado una semana), almuerzo (como al mediodía), sin piedad dos o tres huevos crudos, miel con caña, locro, mandioca, más leche y pollo o una lata de sardinas; la cena, igual, tras una merienda idéntica al desayuno, vivo completamente al aire libre; duermo en el corredor, entre los mil rumores misteriosos del campo y de la noche”.
            “Arrastro mi butaca de enfermo al ancho corredor, al amparo de las madreselvas; me tiendo con delicia y procuro no pensar en nada, lo que es muy saludable. Un centenar de gallinas picotean y escarban sin cesar la tierra; los gallos padecen la misma voracidad incoercible; olvidan su profesional arrogancia y hunden el pico. Esa gente no alza la cabeza sino cuando bebe; entonces miran hacia arriba con expresión religiosa”, agregaba Barret en la descripción del lugar.
            Sobre sus actividades en Laguna Porä reconocía que trabajaba solamente dos horas al día por recomendación médica. Aclara que hay leche recién ordeñada, huevos, queso y pan. Alaba a su cuñado “Pepe” tal como lo llamaba a José López Maiz. “Me cuida como un hermano, me da inyecciones de la Ricotina que me enviaron de Madrid”, indicaba.
            Barret a pesar de la situación política en que se encontraba, estaba maravillado por el lugar. Eso se desprende de lo que afirma a Peyrot. Le dice: “No tiene usted idea de lo salvaje que es esto. El paisaje imponente el agradaría mucho. Es la verdadera América, a veces aparecen tigres (yaguareté) por estos contornos”.
            El próximo encuentro con su familia ya estaba siendo coordinado, pero el Maestro quería prevenir posibles contagios a su amada y a su hijo. En otra correspondencia escrita en el histórico sitio, le pide a Panchita que sean razonables. Confiesa que su muerte es bastante probable, la enfermedad le iba avanzando. Que consulte con buenos médicos de Asunción para lograr la visita. Finalmente deja su intuición de amante y madre el asunto.
            Es en el mismo lugar donde Barret conoció a Panta. La misma a quien conoció y que no tiene apellido ni hogar. La misma Panta con sus rarezas y locuras. La que hace el locro a los peones. La que se quema en la cocina y acudía junto al maestro para que lo curara. Y que en ese instante sublime lo hizo comprender hasta qué punto es hermana suya, hasta que punto aparece en su ser, desnuda, vacilante, la débil chispa que ocultamos nosotros bajo máscaras inútiles.
            Laguna Porä es el mismo lugar donde el maestro oía las campanadas de una iglesia. Por la ubicación corresponde a la pequeña pero coqueta Iglesia de Panchito López, la compañía más cercana a la Estancia donde estaba confinado. Por la ubicación es perfectamente audible el trinar de las campanas desde el lugar. Ello ocurre hasta la actualidad. Estuvimos por el sitio. Subimos al campanario y la antigua campana que data de la época sigue en la cima del campanario que ya posee nueva construcción.
            Dicha antigua campana estaba ubicado, según el testimonio de Antonio Espinoza comerciante, 76 años, cuya vivienda se encuentra frente a la Iglesia en una torre de madera de unos quince a veinte metros de alto. Las características del lugar hace que el sonido de la misma se propague varios kilómetros. Coinciden con dicha versión, el actual encargado de la Iglesia Raúl Fretes y la pobladora Elena Alvarez, todos de Guardia Cue.
            Barret decía al respecto: “Todas las tardes oigo la campana de la iglesia del pueblo. Campanita humilde, cuerda con telarañas, iglesia pequeña y pobre, que por no tener nada ni tiene cura. Cuatro o seis mujeres siguen el mes de María por éstas tardes de sol y rezan y después de cerrar con llave la Iglesia sonora donde no hay nada que roba, regresan gravemente”.
            Pero la injusticia social de aquel tiempo y que perdura hasta la fecha, el Maestro no podía hacerlo pasar desapercibido. Ello incluso motivó un roce con Manuel Domínguez un año después. Por ello, ya en la presentación del ensayo hablábamos lo que el Maestro “Ha visto” en Yabebyry. Porque con sus artículos “Lo que he visto” y “No mintáis”, Barret reafirma la dureza de su pluma por la fuerza impuesta por quienes utilizan la razón y el espíritu crítico sobre las circunstancias de la sociedad donde vive.
            En Laguna Porä Yabebyry, inmortalizado por los lugareños con la descriptiva “Barret Cue” llegó al cénit de su producción literaria. Terminó “El Dolor Paraguayo”, “Moralidades Actuales”, Ello se prueba con la misiva enviada a su esposa Panchita el 2 de Junio de 1909.
            En 1907 durante su primera estadía en el lugar junto a Panchita y su hijo Alex escribió “Cartas Inocentes” donde habla de acontecimientos extraordinarios como inventar genios y que transmite un espíritu alegre, lúcido, juvenil incluso. Al pie del primer capítulo lo firma con “Laguna Porä, junio de 1907”. De hecho, la obra lo llevó más de un mes, por lo tanto, desde la tercera a la quinta carta lo firma en el mismo sitio pero ya al mes siguiente.
            Todos estos acontecimientos constituyen de suma importancia dentro del paso de Rafael Barret por éste rincón misionero. Sin embargo, un suceso que no podemos hacerlo pasar desapercibido constituye indudablemente la visita que recibiera en la Estancia Laguna Porä de su esposa Francisca López Maíz y su hijo Alex, luego de su ingreso en forma clandestina a la patria.
            Fue en Julio de 1909. Barret comentaba el hecho a su amigo Peyrot: “Con gran alegría le participo que tengo a mi nene conmigo y a mi querida compañera. Soy feliz, usted me comprende, verdad?”.
            Su esposa por su parte, afirmaba por aquel esperado encuentro. “Es de imaginarse mi dolor al llegar: Rafael estaba consumido, apenas le salía la voz y sus bellos ojos azules reflejaban el cansancio infinito. ¡Pero la alegría, el goce indescriptible que le embargó al comprobar que su hijo lo conocía!, al ver que Alex giraba a su alrededor alborozado pronunciando en su media lengua las palabras tan añoradas”. Una fotografía al que se pudo acceder y que data de la época, nos refleja al escritor posando frente a una planta de eucalipto. En la actualidad dichas plantas de eucalipto dan la bienvenida a los visitantes para acceder a “Barret Cue”.
            El Maestro Rafael Barret no pudo escapar a acontecimientos políticos ocurridos en la historia de la patria. La recordada “Revolución Cívico Militar de Laureles” lo tuvo como inesperado testigo. Es que la Estancia se encuentra casi a la mitad del trayecto entre Yabebyry y Laureles, específicamente para ser más descriptivos a 15 kms. al este del casco urbano de Yabebyry y 20 kms. antes de llegar a Laureles.
            “En el combate del próximo pueblo de Laureles cayeron cuarenta colorados. Su jefe, el caudillo A. Ramírez, un viejo cuyo arrojo conozco, se vino al galope sobre la guardia, él solo, con el cigarrillo en la boca y una bomba en el bolsillo. El centinela lo mató al tercer disparo. José Gil, el célebre cabecilla, aguarda a unas cuantas leguas más allá, tal vez con ametralladoras. Nuevos horrores nos amenazan, horrores muy heroicos, pero doblemente horrores, por lo salvajes y por lo inútiles”.
            Describía el paso de los alzados frente a la Estancia por donde cruza la ruta de tierra: “hace pocas noches, cruzaron cerca de la estancia donde resido las fuerzas revolucionarias paraguayas, que habían levantado el sitio de Laureles. Un grupo de jinetes se detuvo frente a mi puerta. Era el caudillo José Gill con su Estado Mayor”.
            “También asomó un comercio no incluido en la estadística: el de los animales arreados a diestra y siniestra. Las fugas al monte, las aldeas donde no quedan sino mujeres asustadas, no son novedad”.
            “Estamos en la guerra de montoneras metidos hasta el cuello, solos entre los bosques, donde a veces suenan tiros”.
            En el mismo escrito no pudo ignorar una persecución política del que tuvo conocimiento y que ocurrió en Yabebyry. Se trata de la circunstancia por el que atravesó Angel Brizuela. Líder comunitario no afín a las autoridades de turno de la época. Decía Barret: “Han tenido que emigrar nuevas víctimas: Angel Brizuela, que a consecuencias de chismes de un cuñado estuvo a punto de ser preso y pudo escapar; y un infeliz poblador de García, a quien el jefe impuso la fuga a Ita Ybate por no le conocían en el departamento”.
            El maestro se refería a la persecución contra el ciudadano Angel Brizuela. Pudimos hablar con su sobrino nieto, el Prof. Ignacio Brizuela, poblador actual del Barrio San Francisco de Yabebyry. El referido es el hermano de su abuelo Vicente. “La lucha de mis ascendientes por los derechos de los más humildes, les costó el destierro. El tío, tuvo que pasar a remo el Paraná que en ese tiempo tenía cinco kms. de ancho. Se escapó a la Argentina en 1909 y nunca volvió. Tenemos ramificaciones en Rosario Argentina que probablemente sean los descendientes de Angel Brizuela. Eso me contó una prima mía en Cerrito. Se llama “Mamincha”, nos comentó nuestro interlocutor.
            El Maestro seguía viviendo en Yabebyry. La comunidad rural Laguna Porä era testigo de sus andanzas. Para la escasa población de la época era el “español pirú”, según nos cuenta Edelmiro Gutiérrez, poblador del Barrio Mariscal López de Yabebyry y que cuenta en la actualidad con 84 años de edad. Nos contó que no llegó a conocer personalmente a Rafael Barret, pero sí a su hijo Alex. Con notable precisión, quizás es la última fuente humana que preserva a través de la tradición oral conocimientos que provienen de aquella época.
            Panchita López Maíz desde que llegó lo acompañó hasta el último momento en el lugar al Maestro. Ello se deduce al hecho que zarparon juntos cuando Barret decide trasladarse hasta San Bernardino. Es decir, desde julio de 1909 a febrero de 1910, pudieron hacer vida en común, con la alegría de la presencia del hijo de ambos Alex en el lugar.
            Es así, que el 21 de febrero de 1910 siguiendo el mismo trayecto por donde vino, es decir, desde Laguna Porä se trasladó a Guardia Cue, tomó la canoa paraguaya para cruzar por un brazo salir al caudaloso Paraná y cruzar al lado argentino, donde desde el puerto Ita Ybate zarpara a bordo del buque de vapor Asunción. Se alojaron en el camalote número 23.
            El Maestro le informaba a Peyrot lo siguiente: “Le escribo a bordo, en viaje a la Asunción. Voy a vivir en San Bernardino, precioso balneario próximo a la capital, con todos los recursos de una civilización que me ha faltado por completo, desde cerca de un año, en aquel imponente desierto del Paraná. Mi salud sigue muy delicada”.
            Así culminaba la presencia del Maestro Rafael Barret por Yabebyry Misiones Paraguay. Estancia Laguna Porä hoy inmortalizado por los lugareños a través de la tradición oral como “Barret Cue”. Ahí estuvo desde el 9 de marzo de 1909 hasta el 21 de febrero de 1910. Fueron exactamente 10 meses y 13 días de presencia por estos lares. La belleza de la naturaleza lo inspiró y he aquí donde tuvo su más prolífica creación literaria. La reina natura y el talento del Maestro pudieron más que la enfermedad que lo atacaba. Finalmente llegó a San Bernardino, pero queda en la retina de los yabebyryenses y misioneros en general, el paso de un gran hombre por éste olvidado espacio del territorio paraguayo.
            Y es ahí donde el presente ensayo también adquiere otra dimensión. Denunciar dicho olvido. El sitio donde se mantuvo oculto Rafael Barret se mantiene como hace cien años. Pasó un siglo y la desidia sigue igual. Ningún cartel, ningún indicador. Los niños y jóvenes de los establecimientos educativos de la zona lo ignoran completamente. Las autoridades están sencillamente en otra cosa. Solo unos cuantos románticos de siempre enarbolamos su legado, porque comprendemos cabalmente el significado del paso del hombre por ésta olvidada zona del país. Estamos en deuda con Rafael Barret, estamos en deuda con “El Dolor Paraguayo”. La vieja “Panta” sigue embriagada en su eterna y amorosa locura. El maestro le sigue restaurando las heridas. Los tigres continúan rugiendo por la noche. El cómplice Paraná baila su eterna danza elegante como invitando al Maestro a entrar y salir cuando quiera con la vieja canoa remada por seis fortachones compatriotas paraguayos. Panchita con su amor prodigioso vuelve a escuchar apenitas pero legible la voz del maestro que se apaga poco a poco. Alex sigue reviviéndolo. La tuberculosis avanza. El final se acerca. El país sigue igual.
            “Barret Cue” ahí está. Nos intima. Nos rebela. Nos demuestra la desidia. Nos indica con su presencia la deuda histórica que poseemos quienes estudiamos las lecciones de su ilustre huésped. Enarbola su belleza y con su complicidad silenciosa prosigue en su tarea de ocultar la figura del maestro entre sus matorrales. El viejo y polvoriento camino de arena sigue demostrando la desidia de las autoridades sobre éste pedazo de la patria que solo aparece en los mapas y una vaga como también errónea referencia que se mantuvo “confinado” en el lugar a Rafael Barret. Al mismo hombre que un geógrafo dijera un año antes: “La isla que ud. me indica no aparece en el mapa”.
            El maestro no estuvo confinado. Ingresó clandestinamente a la patria por el lugar. De motus propio, aunque recomendado por sus médicos de Montevideo para buscar un clima más benigno, decidió llegar hasta el sitio para acercarse a su amada Panchita y su adorable hijo Alex. Lo dice en innumerables escritos, donde afirma que “ella le hizo hombre” y a su hijo que lo hacía pasar momentos muy felices cuando lo veía jugar. “Juega con tierra y con piedras, imitando a los albañiles; juega a trabajar. La idea de ser útil germina en su tierno cerebro con alegría luminosa. ¿Por qué no trabajan los hombres, alegres y jugando, como trabajan los niños?”.
             Por todo ello, Misiones sigue con la herida sangrante, fruto de la enfermedad que finalmente llevó al maestro y parafraseando a José Concepción Ortiz Barrett fue el gran: “Ausente que perdimos de torpes y de ingratos [...] Barrett afilado por la muerte, la barba crecida y la frente inmensa”. IV, 334.
            Rafael Barret pidió ser enterrado en Yabebyry. Así lo hizo saber a su inseparable Panchita, quien confiesa el dolor que le ocasionó ver el estado de su amado en los primeros días del mes de julio de 1909 en Laguna Porä. Decía la dama: “Esa tarde me mostró con toda tranquilidad un árbol que había elegido, un hermoso naranjo a cuya sombra quería descansar en su tumba”.
            El deseo del maestro nunca pudo concretarse. De hecho, falleció el 17 de diciembre de 1910, a los treinta y cuatro años de edad. Su vida se apagó a las cuatro de la tarde, cuando era mediodía en Asunción y en Montevideo. Pierre Coste, de 47 años de edad y residente en Arcachón, fue quien hizo la declaración de la defunción de Barrett. En aquel momento, Yabebyry seguía con la soledad que Barret invitó llevar a conocer a Manuel Domínguez en “No mintáis”. Laguna Porä con el cántico de sus aves, el verdor de su follaje, el rugir de los animales de la selva, el polvo del camino vecinal que cruza de éste a oeste por su frente, sigue esperando la reivindicación de la memoria del maestro Rafael Barret.
            Es el mismo sitio donde parafraseando a Barret, “ha visto muchas cosas tristes”...
            Laguna Porä es el lugar donde el Maestro estuvo en contacto con la tierra. Esa misma tierra “que su fertilidad incoercible y salvaje, sofoca al hombre, que arroja una semilla y obtiene cien plantas diferentes y no sabe cuál es la suya”.
            También ha visto en el lugar, aquellos viejos caminos que abrió la tiranía devorada por la vegetación, desleídos por las inundaciones, borrados por el abandono.
            Es el lugar donde a cada paraguayo, libre dentro de una hoja de papel constitucional, es hoy un miserable prisionero de un palmo de tierra. Y conste que se trataba de la burguesía rural.
            En definitiva, es el lugar que debe ser reivindicado por ésta generación, en honor a las banderas de lucha enarboladas en medio de la selva por Rafael Barret. Es un espacio donde Misiones mantiene una herida sangrante que solamente va a curarse si se recupera el lugar donde estaba la casa en cuyos corredores disfrutaba del aire fresco el maestro. Por ello, que el centenario de la muerte del maestro nos sirva para renovar nuestro compromiso de lucha con la mejor herencia que nos dejó Barret: la fuerza de la pluma para luchar contra las diferencias sociales y así curar aquellos cuerpos enfermos y almas muertas que hasta hoy se observan por esos parajes.
                        BIBLIOGRAFÍA. Fuentes.
“Barret”. Vladimiro Muñoz. Ediciones Germinal. Asunción Montevideo.
“Rafael Barret”. Germinal. Antología. Edición de Miguel Angel Fernández. El Lector. Pág. 21.
“El dolor paraguayo”. Biblioteca Ayacucho. 25 de abril de 1978. Prólogo de Augusto Roa Bastos.
Rafael Barret. Cuentos Breves. Selección e Introducción Francisco Pérez Maricevich. Editorial El Lector.
Libro de Actas Juzgado de Paz Yabebyry Misiones. 1908, 1909, 1910.
Libro de Actas de la Parroquia de Yabebyry Misiones. 1909, 1910.
Otras fuentes:
Testimonio de Edelmiro Gutiérrez. Poblador de 84 años. Barrio Mcal. López Yabebyry.
Testimonio del Prof. Ignacio Brizuela. Poblador. Barrio San Francisco. Yabebyry.
Testimonio de Antonio Espinoza. Poblador. Barrio Cristo Rey. Guardia Cue.
Testimonio de Estefana Alvarez. Pobladora. Barrio Cristo Rey. Guardia Cue.
Testimonio de Raúl Fretes. Poblador. Barrio San Francisco. Guardia Cue.
Visita al lugar conocido como “Barret Cue”.
Visita al puerto de Guardia Cue.
Visita al camino vecinal que Rafael Barret ha transitado para su reingreso al país.




viernes, 17 de diciembre de 2010

Reseña histórica realizada en la inauguración oficial del Palacete Municipal. (hace minutos)

    Nuestra ciudad que cumple 401 años de historia fue administrada paso a paso por sus hijos de acuerdo a su circunstancia y su tiempo. Es así, que me encomendaron hilar los sucesos más resaltantes de los últimos 101 años en nuestra ciudad y que tengan el respaldo de fuentes históricas. En ese sentido, nuestra principal fuente constituye el Libro de Actas de las sesiones que semana a semana realizaron los ediles municipales desde aquel lejano 15 de junio de 1909 hasta la fecha, como también recurrimos a fuentes testimoniales, documentales, publicaciones periodísticas y conocimientos adquiridos como ciudadanos del distrito.

    Nos impulsa además del amor hacia nuestro terruño, la histórica fecha que hoy estamos viviendo, donde somos partícipes de la inauguración de una casa propia con todos los matices de modernidad. Indudablemente uno de los más innovadores edificios comunales a lo largo y ancho del Paraguay profundo con olor a polvo y sudor de su gente. Pero para llegar a éste paso transcendental como municipio, nuestros ancestros han vivido largas horas de vigilia, donde igualmente la pasión hacia el San Ignacio Guazú hizo que como cualquier humilde compatriota nuestro, comenzara sus días viviendo en casa ajena, se vaya mudando de local en local, haya pagado el alquiler, hasta llegar al sueño del techo propio unas décadas atrás e inaugurar un edificio como el que estamos pisando hoy.

     Hace ciento un año atrás, en 1909, la Municipalidad funcionaba en un local alquilado. No teníamos local propio como gran parte de los cuatro siglos de nuestra existencia. Por eso es importante recordar la sesión del 15 de junio de 1909 donde los integrantes de la Junta Económica Administrativa Patricio Ruiz Días, Nicolás del Puerto y Juan Guerra aprobaron el alquiler de un local para el funcionamiento de la Municipalidad por 25 pesos mensuales por el plazo de un año.

  En la sesión ordinaria del 11 de noviembre de 1909, todos los integrantes de la Junta Económica Administrativa, al encontrar dificultades para la construcción del piquete municipal, proceden a presentar su renuncia colectiva, elevando la decisión al Ministro del Interior de la época para que se proceda a convocar a nuevas elecciones. Firman el Acta los mismos ediles citados precedentemente.
               
  El 27 de mayo de 1914 las autoridades del municipio integrado por Patricio Ruiz Díaz, Enrique Frutos, Benjamín Ruiz Díaz y Benito Ruiz ordenaron proceder a la compostura del terraplenado del Arroyo Yhaca, nombre histórico por el cual es conocido uno de los cursos hídricos de la ciudad y que proponemos su recuperación porque forma parte de la identidad de nuestro pueblo.

   El 13 de marzo de 1915, Nicolás del Puerto, Felipe del Puerto, Federico del Río y Ciriaco Pérez como noveno punto de las resoluciones adoptadas, ordenan destinar la suma de cincuenta pesos mensuales para el pago del alquiler del local donde funcionaba la Municipalidad. Cuatro meses después, el 3 de julio de 1915 en el cuarto punto de las resoluciones resuelven trasladar la oficina municipal por conveniencia de alquiler a otro local.

   El 27 de noviembre de 1915 los miembros de la Honorable Junta Municipal en el punto 4 de las resoluciones solicitan al Jefe Político de la comarca dos caballos para el servicio del cuerpo legislativo. Es el primer acta donde se utiliza el término Honorable Junta Municipal.
               
   El cuidado de la cosa pública y el celo de los concejales por no permitir cualquier atisbo de conductas deshonrosas se reluce a partir de la lectura del Acta del 1 de diciembre de 1918 donde el Presidente de la Junta Municipal de San Ignacio Enrique M. Frutos en forma vehemente comenta un acontecimiento que involucraba al Secretario del Municipio de aquel entonces, quien interpelado por el cuerpo legislativo municipal, finalmente se vio obligado a renunciar por decoro y delicadeza, habida cuenta de la grave falta cometida. Eran los tiempos donde el honor y la palabra empeñada era el paradigma que regia en las relaciones sociales.

    En la sesión del 23 de Octubre de 1919 por primera vez aparece el deseo de parte del Presidente de la Junta Municipal de la época Enrique Frutos de construir un local propio para la Municipalidad de San Ignacio. Propuso Frutos que se proceda a la habilitación de una caja de ahorros en el Banco de España y Paraguay a la orden de la Junta Municipal con tan noble objetivo. La moción fue aprobada por unanimidad por los los miembros Benito Ruiz y Francisco Navarro.
               
      La historia de los nombres de nuestras calles también tiene impregnado el sello del paso del tiempo. Así, el nombre de la calle que se encuentra al sur de la plaza San Roque según se desprende del Acta de la Sesión del 5 de Junio de 1920 era “Calle Oriental. Nombres de otras calles de la época y extraídas del Acta del 12 de Junio del mismo año: San Juan, Madrigal, S. Fernández, San Juan Bautista, Caballero, Centro, San Pablo, Iturbe, Ministro Sosa, Calixto Gill, San Ignacio, Gral. Aquino y 25 de noviembre.
               
     San Ignacio a través de sus representantes comunales también estuvo presente en actos solidarios cuando otras ciudades lo necesitaban. Así, en el Acta del 5 de octubre de 1926 los ediles Pedro A. Fariña, José Basili y José del Puerto resolvieron brindar los pésames a las familias encarnacenas afectadas por el temporal, formar una comisión de damas encargadas de recolectar enseres para destinar a los compatriotas encarnacenos. Conformaron la comisión Concepción R. de Frutos, Nicolasa de Romero, Cándida P. de Ruiz y Griselda E. vda. de Centeno.
               
    En la sesión ordinaria del 3 de setiembre de 1927, los miembros José Basili, José del Puerto y Juan Bernal deciden modificar los nombres antiguos de las calles de la ciudad, quedando desde aquel tiempo y algunos incluso hasta la fecha con el nuevo nombre. También comenzaron a denominarse las nuevas calles y que no tenía sus nombres hasta dicha fecha.
               
   Es así que nacieron las calles Lomas Valentinas, Boquerón, Cerro León, Tacuarí e Ytororó, Curupayty, Tuyuti. Mantuvieron sus nombres San Ignacio, 25 de noviembre, Gral. Caballero,
               
   Por su parte, las calles que cruzaban de este a oeste pasaron a denominarse Estero Bellaco en sustitución de Madrigal, San Juan fue cambiado por Coronel Bogado, San Pablo por Fulgencio Yegros, Oriental por Independencia y Senador Granada por Gral. Aquino.
               
   En la sesión ordinaria del 11 de octubre de 1927 en el punto 10 del acta la presidencia informa que el local de la Municipalidad se trasladó hasta la casa de Simón Ramírez y que el alquiler será a partir de dicha fecha de doscientos pesos mensuales. En la misma sesión, los ediles José Basili, José del Puerto y Juan Bernal tratan sobre la fundación del decano del fútbol ignaciano: el club 31 de Julio. En efecto, en el punto 13 del acta señala cuanto sigue: “la presidencia manifiesta que en éste pueblo se ha fundado recientemente una asociación deportiva denominada 31 de julio FBC habiendo dispuesto su CD a uno de sus dirigentes para que de enseñanza gratuita de enseñanza en la Escuela local y a los niños de éste pueblo. Que es deber de la municipalidad colaborar en todo orden a la difusión del sport y hace mención que la municipalidad ayude pecuniariamente a dicha naciente entidad, resolviéndose donársele por una sola vez la suma de 300 pesos fuertes.
               
  En nuestra ciudad también se practicaron otras ramas del deporte. Así, a principios del siglo pasado, el tenis era una actividad normal. Ello se desprende del Acta de la Junta Municipal de fecha 10 de octubre de 1929 por el cual se aprueba la solicitud del “Law Tennis Club” que solicitaba una pista de tenis para la práctica de dicho deporte, lo cual fue aprobado por las autoridades municipales de entonces.
               
 En la sesión del 15 de abril de 1932, los miembros Nicodemus Ruiz, Francisco Maidana, Clementino del Puerto y Osvaldo Guirland resuelven a propuesta del concejal Del Puerto se honre la memoria del Cap. Justiniano Rodas Benítez héroe de la Guerra de la Triple Alianza. Así, se modifica la calle denominada entonces Iturbe por Cap. Justiniano Rodas Benítez y la de Coronel Bogado por Vicente Ignacio Iturbe.

 En el año 1933 la Junta Municipal concede la ocupación al Club Deportivo Dos Bocas de la fracción del terreno de propiedad municipal, ubicado en la Manzana 142 actual de la ciudad. Avenida Santo Domingo, calle sin nombre. Lote en forma triangular. Dicho sitio histórico permanece intacto hasta la fecha y el Club Dos Bocas fue escenario de grandes acontecimientos nacionales, donde incluso San Ignacio obtuvo su único título en futbol de salón en el año 1974.

 El 27 de enero de 1935, los miembros Nicodemus Ruiz, Francisco Maidana, Osvaldo Guirland y Casimiro Duarte resuelven encomendar la tarea de dirigir los trabajos de compostura de caminos en los lugares donde fueran necesarios a cargo de prisioneros bolivianos destinados en nuestro pueblo, debiendo el mismo encargarse de efectuar los gastos necesarios para la mantención de los mismos, que sean necesarios ocuparlos para la mantención de los caminos, lo que serán abonados por Tesorería Municipal.

 La firma del tratado de paz con Bolivia no pasó desapercibido para nuestras autoridades del municipio. Es así, que en sesión celebrada en la misma fecha de la firma del tratado, una parte del acta afirma: en conocimiento de haberse firmado en el día de hoy en la ciudad de Buenos Aires el protocolo de paz, por unanimidad se resuelve enviar un mensaje de adhesión y felicitación al Sr. Presidente de la República y al Gral. de División José Félix Estigarribia. Fue el 12 de junio de 1935.

 Desde el año 1955 comienza la era de los Intendentes Municipales. La Junta sigue, pero ya como un organismo exclusivamente legislativo, de acompañamiento y control a la gestión del Ejecutivo comunal. San Ignacio tuvo siete intendentes municipales nombrados por Decreto del Poder Ejecutivo, seis de los cuales ejercieron el cargo y uno que no pudo asumir por circunstancias que no corresponden analizar en una semblanza histórica. Cinco fueron electos en forma democrática por voto directo de sus ciudadanos hasta la fecha. También en la historia de nuestro municipio se tuvo un interventor.

  El primer intendente municipal de la ciudad fue Antonio Ruiz Peralta entre los años 1955 a 1956. Con su asunción al cargo, el local municipal ya se encontraba funcionando en el mismo sitio de hoy. Lo sigue Paulino Galarza desde 1956 a 1959. El tercero Constantino Llano Martínez de 1959 a 1964. Por testimonio del actual concejal municipal Humberto Llano se puede resaltar de la gestión de su tío Constantino Llano, quien era conocido como Kamba Llano, se pueden recordar varias acciones del mismo al frente del municipio. Entre ellos, el símbolo de su gestión: la admirable cantidad de plantas que se posee a la vera de las principales avenidas y calles de nuestra ciudad que nos sirve para seguir respirando un aire puro a pesar de la contaminación generada por el hombre. Le costó mucho trabajo al mismo mantener en pie esos árboles, ya que incluso se tuvo que recurrir a guardias policiales para impedir que en hora nocturna lo plantado sea destruido por los inescrupulosos que nunca faltan. Cada árbol a la vera de nuestras calles y avenidas del casco histórico de la ciudad, se debe al sueño y entusiasmo de un hombre: Constantino Llano.

  El Ministro del Interior de aquella época Edgar L. Insfran era su compadre. Circunstancias políticas hicieron que el Presidente Stroessner destituyera a Insfran y en consecuencia, todos los intendentes municipales del país identificados con el ex Secretario de Estado siguieron la misma suerte. Así, San Ignacio tuvo el primer interventor en toda su historia. El municipio fue intervenido y fue llegando hasta nuestra comarca Gorgonio Benítez, interventor nombrado por el Poder Ejecutivo. El mismo duró hasta el año siguiente, tiempo en que asumió nuestro cuarto Lord Mayor. Se trata de Don Juan Bernal Benítez de 1965 a 1976. Hombre culto, patriota, amante de la patria y de su pueblo, enfatizó su gestión en el ámbito educativo y cultural. Famosa era la representación donde el mismo Juan Bernal actuaba con calidad teatral espectacular del caso de Pastora Céspedes, aquella valiente mujer paraguaya, que por el amor a su hijo acudió al llamado de la patria para defender el Chaco vestida de hombre y salvando incluso de la ejecución en el frente de batalla al mismo.

  En el año 1965, durante la gestión de Kamba Llano se instala en nuestra ciudad la empresa Alemana Hosting, encargada del pavimento tipo asfalto del tramo Paraguarí Encarnación de la Ruta Internacional No. 1. Los mismos proponen hacer funcionar su taller en el local donde hoy inauguramos éste moderno edificio municipal. El planteamiento fue aceptado y las oficinas del municipio durante tres años se trasladaron a la esquina formada por las Calles San Roque y Cerro Corá, en el salón conocido en esa época con el nombre de “Nicolás Guasú cue”. Funcionó en el lugar hasta 1968, año en que volvió a éste sitio donde nos encontramos hoy, al desinstalar la empresa alemana todos sus talleres y trasladarse hasta Coronel Bogado Itapúa. Las actuales oficinas administrativas del Municipio, en el patio del lugar que hoy ocupamos, fueron convertidas en la Escuela de Comercio Pedro N. Brusquetti que funcionó en el lugar hasta 1981.

   El quinto Intendente Municipal de nuestra ciudad, fue el Prof. Florencio Centurión Marecos 1976 a 1987. Docente, brillante orador, un hombre formado en la ciencia y la cultura. Sus discursos en las celebraciones patrias eran de gran contenido, fácil interpretación y el uso adecuado de las palabras y la transmisión clara de las ideas que deseaba transmitir. Durante su periodo, el curso Probatorio de Ingreso de la Universidad Católica comenzó a funcionar en el edificio municipal, en el año 1982, con brillantes docentes universitarios entre las que se destaca el Dr. Vonoblock, el Dr. Pedro A. Sachero, el Dr. Enrique Sánchez, el Padre Valpuesta entre otros.

   El sexto Intendente Municipal fue Egidio Teodoro Ruiz Pérez de 1987 a 1989. Un hombre que marcó una etapa en la historia política de nuestra ciudad. De gran carisma, fue en principio nombrado por Decreto del Poder Ejecutivo en época de Stroessner y al producirse la apertura democrática en nuestro país, se convirtió en el primer Intendente Municipal electo por voto directo de los ciudadanos. Estuvo en el curul municipal en su primera etapa desde 1987 a 1989 y en la segunda desde 1989 a 1991.

   El 2 y 3 de febrero de 1989 un golpe de Estado remueve de la Presidencia de la República al Gral. Alfredo Stroessner y asume en principio provisoriamente por tres meses el Gral. Andrés Rodríguez. Unos días después del golpe, un decreto nombra como Intendente Municipal de la ciudad al Lic. Pablino Rodríguez Arias que no pudo asumir. Días después otro decreto ratifica en el cargo a Egidio Ruiz Pérez, quien siguió hasta 1991, no sin antes haber sido electo por voto directo, siendo el primer intendente en la historia de la ciudad electo a través comicios democráticos. Unos años después se convirtió en el primer ignaciano hasta la fecha que llegó al cargo de Gobernador de Misiones.

  El segundo intendente municipal electo por voto directo, octavo en la historia de la ciudad y el primer egresado universitario que llegó al cargo, fue el Lic. Crispiniano Mazacotte Martínez. El profesional de la contabilidad ejerció la jefatura comunal entre los años 1996 – 2001. Como símbolo de su gestión con gran participación ciudadana se inaugura la mayor cantidad de cuadras empedradas en la ciudad.

   Luego fue el turno del Lic. Ricardo Omar Yednazc Brítez, quien se desempeñó como Intendente Municipal entre los años 2001 – 2006. Docente universitario, intelectual, de gestión aprobada por varios sectores ciudadanos.

   El décimo intendente Municipal es el Dr. Amado Aquino Benítez, primer profesional de la medicina que se convirtió en Lord Mayor de la ciudad. Como símbolo de su gestión queda éste edificio municipal. Lejos, el más moderno y más lindo del departamento de Misiones. Las características arquitectónicas ya lo explicarán los técnicos en la materia, pero se encuentra entre los diez mejores edificios comunales de la República. Por mucho tiempo, Amado Aquino será recordado por la obra que hoy inauguramos y que por tal motivo éste acontecimiento se vuelve histórico.

   La próxima Intendenta Municipal de la ciudad será la Lic. Adelma Salas de Ruiz. Primera mujer electa en la historia de la ciudad como Intendenta Municipal. Igualmente, la primera dama que alguna vez ejerció el cargo de “esposa de un intendente” que llega al puesto otrora ocupada por su marido. Es la cuarta profesional universitaria que ejercerá la Jefatura del Municipio, ya que el primero fue Crispiniano Mazacotte Martínez, seguido de Ricardo Yednazc, Amado Aquino y ahora le corresponde a Salas de Ruiz.

   Los once intendentes municipales que tuvo hasta la fecha la comarca, seis de ellos designados por Decreto del Poder Ejecutivo, todos en la época de Stroessner y los cinco restantes electos en forma directa por voto popular corresponden a la Asociación Nacional Republicana, Partido Colorado.

                Finalmente, hoy, 17 de diciembre de 2010, estamos en un día histórico, una fecha en que los ignacianos nuevamente renovamos nuestro compromiso de fe en Dios y en la patria, pero principalmente en ésta nuestra patria chica San Ignacio Guazú Misiones en el que cada uno de nosotros ocupamos un lugar y un espacio, que a su vez es un compromiso. Por ello, en ésta fecha especial, a 48 hs. de la asunción de nuevas autoridades comunales que tendrán el deber de seguir engrandeciendo nuestro distrito y a una semana de la recordación del nacimiento del Niño Dios, podemos afirmar con el sano orgullo de quienes forjan su destino con el sudor de su frente, que aquí en la histórica cuna de los treinta pueblos jesuíticos, en la cuna del fútbol mundial, en la histórica capital departamental de Misiones, en la capital de la cultura paraguaya, estamos cumpliendo el sueño de tener una casa propia, el sueño de tener un techo propio y el sueño hecho realidad de ver que nuestro pueblo, nuestra comarca, nuestro municipio posee uno de los más modernos edificios de todo el Paraguay. Muchas gracias.

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