miércoles, 19 de enero de 2011

Rafael Barret o los cimientos de la desidealización. (Brillante artículo de Soledad Acosta que reproducimos en éste blog)

Quizás él había vivido en el Paraguay antes, siglos o
milenios  antes, quién sabe cuándo, y lo había olvidado. Lo cierto es
que hace cuatro años, cuando por casualidad o curiosidad
Rafael Barrett desembarcó en este país, sintió que había
llegado a un lugar que lo estaba esperando, porque este desdichado lugar, era su lugar en el mundo.
Eduardo Galeano

Por Soledad Acosta
Rafael Barrett llega a Paraguay hacia 1904, en un momento en que se gestaba uno de los movimientos literarios más prolíficos de nuestra historia. Este movimiento es conocido como Novecentismo o Generación del Colegio Nacional, esto último debido a que la mayoría de sus integrantes formaba parte de esta otrora prestigiosa institución educativa.
Los hombres del 900 planteaban una nueva estética y una nueva visión, predominantemente “lopista”. En este escenario de exaltado amor y loas al Mcal. López,  aparece en el ámbito de nuestras letras una voz disidente, discordante, desafiante: Rafael Barrett. Este sufriente narrador, periodista y ensayista español no quiere cantar al pasado ni a sus héroes, su voz anhela ser un compromiso con el dolor paraguayo: él denunciará la esclavitud, la miseria indigna en la que sobrevive el pueblo, y mostrará la realidad que ocultan u olvidan los demás escritores y pensadores.
Esta época es la de los polémicos enfrentamientos entre el joven Juan E. O’Leary –principal representante del lopismo─ y su maestro Cecilio Báez ─acérrimo antilopista─.
En su “Carta a la juventud” de 1902 decía Cecilio Báez, en el marco de la polémica con O’Leary:
Ellos desean que nosotros digamos que la Triple Alianza fue la agresora del Paraguay, porque diciendo esto queda justificado el tirano López…según ellos. Quieren que digamos que los tiranos hicieron la grandeza del Paraguay, y que si éste ha caído, ha sido por obra exclusiva de la Alianza. Finalmente quieren presentar a Solano López como el defensor de los derechos del Paraguay, cuando este malvado es el único causante de la guerra y de todas sus consecuencias. 1

Por su parte, O’Leary recordaba, en su célebre discurso de 1930, aquel enfrentamiento con su maestro y expresaba lo siguiente:
Y es hora de decir que no he pretendido ni pretendo hacer de él [del Mcal. López] un semidiós, ajeno a las imperfecciones de nuestra naturaleza humana. He querido, sí, dar la visión de su grandeza, sin detenerme a magnificar las fallas de su pujante personalidad. (…) Se habla de sus errores y hasta de sus crímenes. Se dice que fue cruel. Su gran error fue no haber vencido. Su crimen haber amado demasiado la patria… (…) No basta saber que se dio por entero a nuestro país y que por dejarnos una patria sobre la tierra –una patria de la que no tuviéramos que avergonzarnos─ olvidó que era un hombre para convertirse en una fuerza de la naturaleza, en relámpago, en rayo, en huracán, en terremoto, para defender la heredad de sus mayores y la cuna de sus hijos (…). 2
Y así, mientras se discutía si Solano López fue un héroe o un villano (el discípulo venció al maestro en esta disputa), Barrett denunciaba con crudeza la esclavitud en los yerbales:
Es preciso que sepa el mundo de una vez lo que pasa en los yerbales. Es preciso que cuando se quiera citar un ejemplo moderno de todo lo que puede concebir y ejecutar la codicia humana, no se hable solamente del Congo, sino del Paraguay. 3

Uno de sus textos más trágicamente bello es “Degeneración”, el ser humano es cosificado, los yerbales lo convierten en un fardo; ya no es un hombre, lo han avasallado, le han arrancado la dignidad. Sin embargo,  se resiste y tal vez la rebelión, todavía,  corre en sus venas:
Escudriñad bajo la selva: descubriréis un fardo que camina. Mirad bajo el fardo: descubriréis una criatura agobiada en que se van borrando los rasgos de su especie. Aquello no es ya un hombre; es todavía un peón yerbatero. Hay quizás en él rebelión y lágrimas. Se ha visto a mineros llorar con el raído a cuestas. Otros, impotentes para el suicidio, sueñan con la evasión. Pensad que muchos de ellos de ellos apenas son adolescentes. Su salario es ilusorio. (…) Tienen que comprar a la empresa lo que comen y los trapos que se visten. En otro artículo daré a conocer los precios. Son tan exorbitantes que el peón, aunque se mate trabajando, no tiene probabilidad de saldar su deuda.  Cada año la esclavitud y la miseria se afirman más irremediablemente en una maldición sola. 4
Otro escritor de esa época es Alejandro Guanes, quien cantaba y añoraba viejos tiempos en sus versos. Al igual que los de su generación, se ocupaba del pasado y no del presente en ruinas. En “Las leyendas” recuerda con nostalgia y melancolía el viejo caserón familiar:

Caserón de añejos tiempos, el de sólidos sillares,
con enormes hamaqueros en paredes y pilares,
el de arcaicas alacenas esculpidas, ¡qué de amores,
qué de amores vio este hogar!
el que sabe de dolores y venturas de otros días,
estructura singular,
viejo techo ennegrecido, ¡qué de amores y alegrías
y tristezas vio pasar!5
Guanes nos ofrece una idealización del pasado, un pasado que da seguridad “sólidos sillares”,  que le recuerda momentos felices “amores” “venturas”, también aparecen las marcas del pasado “dolores”. Sin embargo, los dolores se ven atenuados por la distancia temporal, ya solo hay cicatrices, que están ahí, pero no sangran, ni duelen.  Así, la casa se presenta como lugar privilegiado de un pasado idealizado (la casa ofrece cobijo) frente al exterior inclemente de los yerbales barretianos.
Las miradas son determinantes: una, al pasado idealizado; otra, comprometida con el presente. Barrett recorría el interior del país y describía magistralmente la miseria y el sufrimiento de sus hermanos. En “Lo que he visto” narra con profundo dolor y tristeza la realidad que observa (y vive):
He visto a las mujeres, las eternas viudas, las que aún guardan en sus entrañas maternales un resto de energía, caminar con sus niños a cuestas. He visto los humildes pies de las madres, pies agrietados y negros, y tan heroicos, buscar el sustento a lo largo de las sendas del cansancio y de la angustia, y he visto que esos santos pies eran lo único que en el Paraguay existía realmente. Y he visto a los niños, los niños que mueren por millares bajo el clima más sano del mundo, los niños esqueletos, de vientre monstruoso, los niños arrugados, que no ríen ni lloran, las larvas del silencio. 6
“He visto”, nos grita Barrett, él es testigo, protagonista en el aquí y el ahora; en cambio, la mirada al pasado es a un allá y un entonces, lejanos, en los que no se está inmerso, por tanto, no golpea y se puede idealizar. Barrett no solo es testigo y denunciante, además nos invita a seguirlo: “Venid conmigo a los yerbales, y con vuestros ojos veréis la verdad”.7
Recordándonos el alegato de Émile Zola, dirá en “El botín”:
Yo acuso de expoliadores, atormentadores de esclavos, y homicidas a los administradores de la Industrial Paraguaya y de las demás empresas yerbales. Yo maldigo su dinero manchado de sangre. Y yo les anuncio que no deshonrarán mucho tiempo más este desgraciado país. 8
Como venimos diciendo, en una misma época las miradas de los intelectuales y escritores eran antagónicas: unos debatían sobre temas históricos, añoraban el pasado, exaltaban a los héroes y se olvidaban del presente; otro, al contrario, se dolía y denunciaba la injusticia, porque como él mismo decía  “no porque el pasado haya sido pésimo hemos de aceptar las calamidades presentes.”9
Acusar, denunciar, defender a los explotados, enfrentarse a los empresarios le valió al “más paraguayo de los paraguayos” (en palabras de Eduardo Galeano)  la persecución.  La palabra comprometida de Barrett, como dice Rodríguez-Alcalá,  no “hizo escuela”. Su visceral y potente voz no solo no fue escuchada por sus contemporáneos, sino que fue silenciada. La que se oyó y sí hizo escuela fue la de otro extranjero, Goycoechea Menéndez, “uno de los más fervorosos reinvidicadores de las virtudes del pueblo vencido en 1870”. 10 Goycoechea fue un celebrado narrador y precursor de la corriente nacionalista e idealizante de nuestro país.  Rafael Barrett sería escuchado y seguido muchos años después –dos décadas luego de su muerte– y de esta forma se convertiría en padre de la otra tendencia de nuestra narrativa: la crítica y de denuncia social.
Esta tendencia crítica iniciada por Barrett será la de los grandes escritores de nuestro país: Augusto Roa Bastos, Hérib Campos Cervera, Josefina Plá, Julio Correa y otros más que seguirán el camino señalado por el coraje, la sensibilidad y el profundo compromiso con los oprimidos que caracterizó a este español. Podemos concluir, por tanto, que este hombre que vivió apenas seis años por estas tierras es uno de nuestros más importantes escritores, hizo escuela póstumamente y sus textos, de una gran altura estética y conceptual, siguen, lastimosamente, vigentes. Y decimos lastimosamente, porque esa vigencia nos da la pauta de que la realidad social de nuestro país sigue siendo aquella misma deplorable e hirviente de injusticias que movió la pluma barrettiana.

REFERENCIAS
  1. Rodríguez-Alcalá, Hugo y Dirma Pardo Carugati. Historia de la literatura paraguaya. Asunción, El Lector, 1999, p. 51.
  2. Ibíd., p. 53.
  3. Barrett, Rafael. Obras completas II. Asunción, RP Ediciones, 1988, p. 7.
  4. Ibíd., p. 15.
  5. Rodríguez- Alcalá. Op. Cit., p. 65.
  6. Barrett, Rafael. Obras completas I. Asunción, RP Ediciones, 1988, p. 77.
  7. Barrett, Obras completas II. Asunción, RP Ediciones, 1989, p. 7.
  8. Barrett. Op. Cit., p. 22.
  9. Barrett, Rafael. Obras completas III. Asunción, RP Ediciones, 1989, p. 407.
  10. 10. Rodríguez- Alcalá. Op. Cit., p. 61.
 

Comentarios  

 Camilo Cantero 19-01-2011 17:05
Con Rafael Barret se inicia la literatura de denuncia social en nuestro país. "Lo que he visto" ha publicado inspirándose en lo que observó durante su refugio por un año en la Estancia Laguna Porä del distrito de Yabebyry, departamento de Misiones, donde hace meses en coincidencia con los cien años de su fallecimiento, la ciudadanía le rindió un justo homenaje. Brillante artículo Soledad Acosta. Felicitaciones y voy a reproducir en mi blog personal, salvo mejor criterio vuestro. Muchas gracias.
 
 Lucho Torres 18-01-2011 15:15
La posición comprometida del escritor latinoamericano debe ser una constante, en estos momentos tan insensibles generados por la censura democrática (ocultación de la información), la cual aumenta la lupa en cuestiones banales relegando siempre lo esencial para el hombre.
Soledad, me parece muy acertada la presentación de estos polos opuestos (indiferencia y compromiso), porque es una encrucijada que la juventud universitaria tiene el deber y la obligación de resolver.

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